Entró a la casa con inseguridad. Caminó por el pasillo, subió las escaleras y, durante todo ese tiempo, sintió esa presión en el pecho. Esa presión que sientes cuando tienes ganas de llorar. Finalmente se detuvo en la puerta de su habitación, se quedó unos minutos mirándola fijamente, sin atreverse a abrir. Tomó la perilla con la mano derecha, el frío metal la hizo estremecerse.
Giró lentamente el picaporte y empujó la puerta. Al penetrar en la recámara resbaló con algo viscoso que se encontraba en el piso. No tuvo el atrevimiento de prender la luz. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra distinguió varios jirones de piel, huesos y ese líquido color escarlata esparcidos por toda la habitación. Y ahí estaba su marido tendido sobre la cama siendo devorado por la extraña criatura. Al sentirse sorprendida, la criatura desplegó sus alas metálicas y salió volando por la ventana.
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